Mauro Leonardi – Escrivá y la santificacion del trabajo “profesional”

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La santificación del trabajo, amar a Dios y los otros a través de su propio trabajo, es sin duda una de las características del espíritu del Opus Dei pero, cuando uno lee los textos del Fundador o asiste a los medios de formación de la Prelatura, se da cuenta de que al sustantivo “trabajo” se agrega casi siempre el adjetivo “profesional”.

Aunque yo pertenezca a la Obra desde hace casi cincuenta años, me he dado cuenta de esta peculiaridad hace relativamente poco tiempo. No es que el término “trabajo profesional” en italiano no exista, pero, en general, fuera de la Obra, no se usa con la intensidad y frecuencia que se da en los escritos de Escrivá.

La gente común solemos decir: “¿qué haces?”, “¿en qué trabajas?” … sastre,  abogado,  estudiante,  maestro…, en resumen cualquier trabajo, si miramos de cerca, puede decirse que es un trabajo “profesional”, pero generalmente se llama simplemente “trabajo”.

También, además de “trabajo”, utilizamos la palabra “profesión” pero la usamos como sustantivo y no como adjetivo. Se dice: “enseñar es su profesión”. O tal vez, en Italia, si queremos afinar usamos la expresión “profesión” cuando queremos entender el trabajo de unas profesiónes concretas: médico, notario, etcétera.

El Papa Francisco en Exsultate et Gaudete, por ejemplo, habla de “trabajo” y “santificación del trabajo” en el sentido en que lo hace San Josemaría, pero nunca usa la expresión “trabajo profesional”.

En la citada exhortación apostólica se dice: “sé santo al cumplir tu trabajo al servicio de los hermanos con honestidad y competencia” (n° 11), o ” espiritualidad… del trabajo” (n° 28), o, finalmente “aunque el Señor nos hable de formas muy diferentes durante nuestro trabajo…” (n° 171). Y es claramente el “trabajo profesional” entendido en el sentido de Escrivá pero, de hecho, no se usa “profesional”. ¿Por qué?

Escrivá, cuando habla sobre el trabajo, casi siempre lo llama “profesional”. Muy a menudo, la expresión “trabajo profesional” es sinónimo de “vocación profesional”. Por ejemplo, en la homilía “Trabajo de Dios” recopilada en el volumen “Amigos de Dios”, siempre es así. Me gustaría estar equivocado, pero no creo que esta forma de expresarse se deba a una mala traducción de la expresión original en castellano. Por lo poco que sé de ese lenguaje, incluso allí, fuera del entorno del Opus Dei, el uso ordinario del término es “trabajo”, no “trabajo profesional”.

Por lo tanto, creo que no me equivoco si afirmo que agregar el punto de vista “profesional” al trabajo es una peculiaridad del carisma de la santificación del trabajo según el Espíritu del Opus Dei.

Confirma  esta afirmación el hecho de que el Fundador insistió con gran determinación en que también deben llevarse a cabo de una manera profesional ciertas tareas, que en sí mismas no pueden ser pagadas y que carecen de algunos elementos que normalmente se creen indispensables para poder definir un trabajo como “profesional”. Pienso, por ejemplo, en el trabajo de la casa, llevado a cabo por una esposa, una madre o incluso un padre que se dedica a asuntos domésticos; o al “trabajo profesional” del sacerdote, que según Escrivá es profesional como tal, independientemente de que sea remunerado porque es párroco o capellán. Finalmente, el trabajo de “gobierno” también es profesional, cuando con esta expresión me refiero al  compromiso de hacerse cargo de la organización de las actividades del Opus Dei como institución.

Soy consciente de la apertura, con esta breve reflexión, de un punto de vista mucho más amplio que el que yo puedo manejar con mis puntos fuertes y mis habilidades. Pero no tengo duda en afirmar que aquellos que quieran explorar el tema de la santificación del trabajo desde el punto de vista de labor “profesional” no deben renunciar a captar este significado en toda su clave moderna, como algo nuevo, que no estaba en el trabajo de la antigüedad o de la Edad Media.

Se me ocurre que Escrivá siempre afirmó que su momento de mayor oración tuvo lugar el 16 de octubre de 1931 en un tranvía de Madrid. Si creemos que Dios no deja nada al azar, no vamos a luchar para tomar nota de que el tranvía no es un carro tirado por caballos o un tren o, por último, simplemente un caminante andando a pie.

Indica simbólicamente un momento exacto de la historia de la civilización: la metrópoli moderna, las ciudades, el campo, la división del trabajo, la competencia, las relaciones humanas independientemente de la religión, de la fe, de la tendencia política o de la orientación sexual: el tranvía es la historia que cambia la página. Y el sentido de la santificación del trabajo profesional, como moverse en tranvía, de acuerdo con lo que el Espíritu Santo ha mostrado en Escrivá, está allí.

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